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Las laderas y planicies que rodean Piedras Calientes ya han sido preparadas para recibir la bendición invernal. Las candelas bendecidas le han sido encendidas a San José para que interceda ante Dios por suficientes lluvias y para que las tormentas no caigan con tanta violencia. Los pájaros, las ranas y los insectos cantores de Piedras Calientes ya han organizado su orquesta para recibir el invierno. La diversidad de sonidos y tonalidades son transportados por los vientos como predicciones divinas que traen las buenas nuevas para la región. En Las Limas, Don Cirilo ya ha encendido la fragua. Sus sesenta años aún no lo doblegan. Sus rústicas manos empujan con armonía la manivela que sopla las brasas; creando vivas llamas rojas y destructoras. El hierro cambia su estado inerte con la furia del fuego. Ese hierro ardiente violado en su integridad física parirá las cumas y machetes que simbolizan trabajo, esperanza y acción. Sobrevivir. Las fuertes y encalladas manos de Don Cirilo hacen honor al trabajo y a la lucha por la subsistencia en la campiña chalateca. Su encorvada figura, golpeada por el tiempo se asemeja a las estatuas que construyeron nuestros ancestros Mayas con esfuerzo, con sudor y amor. Curvas, filosas y duraderas como la fe y el hambre, han sido elaboradas las rudimentarias herramientas que deshierbarán las rocosas tierras que rodean el caserío.

Las vacas, los caballos y los marranos ya han sido recogidos en sus corrales para permitir a las cosechas espacio para su inspiración. La ansiedad, la espera de los primeros hijos verdes que parirá la madre tierra son los temas de discusión en todas las reuniones alrededor del Plancito, en la pila, en el patio de la casa de Don Beto y en los juegos de fútbol los domingos en las mañanas.

Líneas de peones como tandas de aves en posición de vuelo se divisan en todas las milpas de la región. El incesante cumaseo asesino de hierbas indeseadas es acompañado por los inclementes rayos del sol que sabotean las gotas de sudor salado de la peonada. En pocos días nacerá el fruto verde; surgirá la reserva de vida para el próximo año. Las tortillas calientes cual hostias divinas que traen vida desde Dios, serán la alegría y la recompensa para todos.

Ya es las diez de la mañana. Las laboriosas mujeres del caserío han gastado varias horas en las cocinas de gruesos adobes del caserío preparando el almuerzo para la peonada.

El trabajo de deshierbar la milpa es duro y consumidor de energía física. El hambre comienza a ser mal acompañante después de pocas horas de intensa labor. Tan pronto llega el canasto con los milagros alimentarios, los peones buscan las mejores sombras de los árboles más cercanos. En pocos minutos las redondas figuras de masa de maíz, los frijoles, el arroz y los huevos duros de gallina india son devorados por los agotados guardianes que cuidan el crecimiento de las plantas de la vida.

El sol es inclemente y quema con despiadada furia las espaldas del peón. El tecomate de agua fresca se ha vaciado rápidamente una vez más, y nuevamente el más joven de la peonada corre hacia el posito proximo al jagüey donde toman agua las vacas para llenar la estilizada obra de la naturaleza.

Cuales fantasmas verdes derrotados, las hierbas yacen muertas en toda la cañada. El maíz surge como supremo emperador entre los verdes cadáveres recién ajusticiados por no producir alimentación. El sol baja lentamente sobre la punta de los cerros anunciando a los pájaros que el atardecer ha llegado para que comiencen a recibir con sus alegres trinos una noche más de existencia campesina. Los caminos angostos y húmedos vuelven a ser recorridos por los hombres que han cumplido con la tarea del día.

La tarde comienza a cubrir con su manto semi oscuro las casas de adobe, y el rito de la cena en cada humilde casa de Piedras Calientes expele el olor a frijoles fritos con manteca de chancho a los cuatro vientos.Cuando la tarde aún era joven, las cipotas lavaban el maíz en la pila del Plancito. Más tarde, cual orquesta de cantores a unitono, las palmas de las mujeres del caserío elaboraban las tortillas con gran entrega y devoción. A un lado del patio, el marido exhausto por la dura jornada del día se mecía a los cuatro vientos en su hamaca de pita. Su paz y su serenidad parecían estar espantando el cansancio. La noche con su oscura e imperante personalidad se burlaba del sol que había calentado sin compasión durante el día; él también cansado huía detrás del Cerro del Garrobo.

—Humberto vení a comer —grita Doña Gude desde la cocina de gruesas paredes de adobe pintadas de hollín —la comida ya está lista, apurate que sino se venfriar.

Don Beto, quien estaba en la hamaca del corredor oye con claridad la noticia, y el hambre lo empuja a acercarse a la descolorida mesa de madera de aceituno que hizo con sus propias manos antes de casarse. La única silla es ocupada por Don Beto. Alrededor de la mesa, dos vichitas y un vichito cheles, de ojos verdes sentados en fila en la banca vieja, también de aceituno, esperan por su comida. Doña Gude termina de servir la cena y por último se acomoda en un extremo de la banca para controlar el grupo de niños. Cinco platos llenos de frijoles sancochados, arroz frito, un huevo duro y un rimero de tortillas calientes están listos.

—¡Qué rico vamos a comer hoy! —comento.
¿Quién soy yo?
Mi papá me iba a poner José, pero cuando fue a la alcaldía encontró al viejito Filemón, quien era amigo del abuelo Pedro y de la familia; él le recomendó que me añadiera otro nombre para que no fuera igual a los muchos Joses que hay por todas partes.
—Hola Beto ¿cómo estás?
—Bien Don File, ¿y usté?
—Por aquí, más viejo y cansado, pero contento. Solo soy dolores por toduel esqueleto, pero ya ni les hago caso porque son por el pijo de años que vivido. ¿Y cómo está el viejo Pedro?, yace dillas que no lo miro.
—Mi papá está bien, allíanda siempre trabajando en la milpa. Hoy está contento con el nuevo nieto, porque los otros que tiene viven en Las Limas y casi ni los mira. Hoy vine al pueblo porque mi hijo yace una semana que nació y hasta mucho me tardado en venir asentar la partida.
—¡Que bueno mirá,! mia alegro por vos. Los niños siempre le dan alegrilla a uno, más si son varones, porque uno tiene esperanza de que le ayuden en la milpa cuando están grandesitos.
—El vichito mío ya está bien vivito. Toda la familia está muy contenta. Yo voyahacer el esfuerzo de ver si lo pongo a estudiar cuando esté más grande, porquiaquí en el monte la vida es muy dura. Yo no quiero que mijo tenga que andar como nosotros en esos guatales rascando pedregales que ya niel maicillo quiere pegar.
—Eso siestá bueno Beto; ojalá que podás hacerlo. ¿Y cómo le pensás poner al vichito pues?
—Pues a dar esas vueltas es quevenido al pueblo. Ahorita voy para la alcaldilla, y ya tengo el nombre que le voy a poner.
—¡Otro José!. Beto no jodás vos también al vichito, poneliotro nombre, no ves que hay tantos Josés. En todos los cantones le ponen José a los cipotes, como si nuhubieran más nombres. Todos los vichos lumbrisosos que conozco se llaman José. Tuijo tiene que tener un nombre especial, uno que tenga algún significado o una idella. Cuando ya están grandes uno les puede esplicar porqué les puso ese nombre. Es cierto que nosotros somos innorantes, pero no tontos, como los estudiados piensan. También uno sevita que le reclamen cuando seyan grandes. Yo metí las patas cuando les puse a los gemelos Ciriaco y Ciriaca. Mijo cuando era muchacho se enojaba conmigo porque no le gustaba el nombre, él no querilla decirle como se llamaba a las muchachas cuando se lo preguntaban, y también porque la plebada lo jodilla mucho. Cuando lo miraban le decillan: “hay viene Caco, el hermano de la Caca”, y como no se mio ocurrió ponerle otro nombre, los pobres indisuelos no tienen otro remedio más que aguantarse.
—¿Quiotro nombre se le ocurre pues Don File?
—Ponele José Ilusión.
_No joda Don File, Entonces queda igual.
_No, no Beto, José Ilusión es totalmente diferente al puro José. Ilusión le da vida y elegancia al nombre, además no es un nombre muy conocido, y todos tenemos ilusiones de ser algo o alguien algún dilla. Como vos querés que tu niño no seya campesino como nosotros, le quedarilla bien; ¿no cres quescierto?
—Púchica, pero es que haber que dice la mamá y los demás de la casa. A mi si me gusta desa forma que uste dice Don File. Creo quiusté tiene razón, así le voy a poner al vichito: JOSE ILUSION. Gracias por el consejo Don File, hay lo miro otro dilla. Vuir ahorita hacer el trámite antes que siaga mas tarde.

Después de la la cena El Plancito de Piedras Calientes comienza a llenarse de vida. En la pila los muchachos más abusados están esperando las cipotas que van a traer agua. En el extremo del Plancito, por donde el sol asoma con sus primeros rayos todas las mañanas, un grupo de cipotas juegan mica incansablemente. En el centro, un partido de fútbol entre cipotes provoca gritos e instrucciones de ataque y defensa. El sitio para los mayores siempre estaba reservado en el patio de mi casa, en el extremo norte del Plancito donde las jugadas de naipe, las radionovelas, las pasadas y los comentarios de acontecimientos alrededor del mundo son parte de la diversión para los grandes.
Las mujeres de las casas vecinas han quedado ocupadas lavando los platos y limpiando la cocina. Después de terminar su faena llegan a observar la alegría que envuelve a sus hijos y maridos. Como espías se ubican en el patio de la casa de Don Pedro, la cual está en el costado noroeste del Plancito. Desde allí, ellas también forman parte del lugar más alegre de Piedras Calientes todas las tardes. La noche va tiñendo con su manto ennegrecido por los años la alegría del atardecer; de repente, como una sorpresa a la que ya estamos acostumbrados, comienza a tronar.

—Vallover, las nubes ya vienen por las faldas del Cerro de la Pitajaya —aseguraba el abuelo Pedro..

En pocos minutos un fuerte aguacero comienza a invadir el cielo que cubre Piedras Calientes. En una repentina estampida todos corren hacia sus casas. El Plancito queda desolado. Yo contemplo con tristeza la soledad repentina que trajera la lluvia insolente. Inquieto, desilu-sionado y con una gran sensación de tristeza, subo mi mente en una nave imaginaria y atravieso los límites de la razón. Mis cinco años no me dejan volar muy alto. Mis ideas aún no son completas. Mis alas aún no han emplumado para emprender el vuelo, y por temor a mis ideas me sujeto a la cobija que hoy no ha mojado la gotera insistente que suele caer sobre mi cama.

Inhóspitos matorrales, cuna de pájaros bobos y de pijuyos asustados, cubran con sus sombras misteriosas mis más atrevidos sueños. Transporten con su silencio mis más inocentes ilusiones. Riachuelos de invierno copioso que asustás a los perros giotosos, conduzcan mi canoa hacia los más recónditos pueblos y allá, con mi cuerpo envejecido, llenen mi alma de emociones, estremezcan mi corazón de pasiones, alaben a nuestros santos patrones, para que al fin intercedan ante Dios para erradicar nuestras aflicciones.

Domingo, día de descanso, día de ponerse la mejor mudada para impresionar al vecino, para visitar a la novia, para ir a la misa en el pueblo y aprovechar para comer charamuscas de todos sabores. Temprano, las planchas calentadas con brasas comienzan su tarea rutinaria para mejorar nuestra apariencia rudimentaria.

—Esta camisa de seda que le compró Humberto a Chepito es bien delicada y difícil para planchar —dice la niña Gude para si misma—, pero no importa, al fin y al cabo se va ver bien galán.
—Andá avisarle a Hernán que ya estamos listos, para que nos vayamos —ordena Don Beto a una de sus hijas, quien aunque quiere ir al pueblo teme decirle que la lleve.—Dice que ya va venir —grita José Ilusión mientras apunta con su pequeña ondilla inseparable a un mango que está en la punta de la rama más baja del árbol de su tío Carlos—. Ya le fui avisar yo. Dijo que ya venilla. —¡Chepe no te vayas a enchucar! —grita Doña Gude—, no ves que ya te cambiaste parir al pueblo.
Sin hacer caso a la advertencia Chepito sigue insistiendo hasta que cumple con su cometido. Sin embargo, la suerte no lo acompañaba en ese momento y el mango cayó en el centro del cerco de piñal, que parecía una fortaleza impenetrable robándole el fruto de su esfuerzo.
—Hijueputa piñal, te voy a cortar y dar fuego cuando menos acordés. Esta es la segunda vez que me lo hacés en el dilla, maldecía Chepe.

Los retorcidos caminos que conducen al pueblo son testigos mudos del cansancio, de las aspiraciones y temores que persiguen a cada fantasma escondido en la sencillez oscurecida de la campiña chalateca. El municipio está allí... con sus casas de adobe añejadas y palidecidas por la lluvia. Cual fantasma verde, testigo de peleas y asesinatos durante las fiestas patronales, el amate del pueblo sigue mudo, callando las ofensas amorosas anunciadas en los parlantes de la chicagua y la voladora que año con año llegan a matar la rutina a Las Flores.

Oh marzo heroico,
mes perfecto,
mes esperado con alegría,
mes transportador de esperanzas e ilusiones.
Mes conductor de milagros,
realizador de alegrías
y venerador de San José.
Vos traés en tus días medianos regocijo a mis hermanos,
vos conjugás mis acciones en la dimensión infinita de mis lamentos;
vos ahogás con agua ardiente la tristeza acumulada de mi gente.
Vos comunicás con Dios a mis hermanos penitentes.

Epoca de alegría, sacrificio y devoción. El olor de los tamales y el pan, cual tentación irreverente se dispersa por todos los puntos cardinales de Piedras Calientes, sofocando el olfato y emocionando los paladares malnutridos del caserío. Los gallos pierden sus energías cantoras y su anuncio matutino encuentra eco en las gallinas, las cuales se comienzan a tirar de los palos y tapexcos para ir a buscar su desayuno. Los chillidos de los marranos y el canto de las aves en la madrugada asemejan almas aflijidas que deambulan en la tenue oscuridad de una noche más que ya casi acaba.

—¡Pobrecito el currito! ¿Porque no vamos a comprar carne donde la niña Marta, ay matamos el marranito el otro año papá?
—Ay engordamos otro, Chepito, éste ya tiene bastante manteca, y no tenemos pisto, ni maicillo para seguirlo engordando.

El cariño acumulado en pocos meses por el marranito gordo era grande, pero no tan grande como para rogar a papá por mucho tiempo para que no lo matara. La idea de comer tortillas tostadas con asiento, morongas fritas, carne seca por varios días y frijoles fritos por varios meses, eran más fuertes que cualquier otro sentimiento hacia el animal.

José creció entre los mimos de la abuela Lila y la protección de media docena de tíos, quienes lo paseaban por todo Piedras Calientes. Doña Gude estaba orgullosa de su primer hijo. Algunas veces no lo miraba todo el día pues el vichito andaba como propiedad colectiva de la familia, orinándose en todas las camas y costillas de los familiares. Era el primer sobrino, el primer nieto que nacía en el círculo más cercano de la familia.

Silenciosos cual perros fieles a sus amos, los pedregales y las verdes mesetas de Piedras Calientes observaban como cómplices el crecimiento de José Ilusión, dando lo poco que podían producir sus ya mal nutridos suelos. Los años parecen transitar lentos en el caserío. No se ven cambios significativos en la vida fisica y emocional de sus habitantes. Sin embargo el tiempo pasa inexorable envejeciendo a los más viejos y transformando a los que van creciendo, generando planes simples de subsistencia y pariendo sueños complejos para forjar un futuro mejor.

—Gudelia, el año que viene Chepito va cumplir cinco años, yo creo que ya es bueno que comience a ir a la escuela.
—¿Pero vos no cres que está muy chiquito,? acordate que tiene que ir hasta el Palo Verde.
—Sí, pero es hombresito, y así como se va hasta la Liberata tirándole piedras a los pájaros, ¿como no va tener valor de ir sólo al Palo Verde?
—¡Eso si verdá!, y talvez van los vichos de Hernán también.
—Uhju. ¿Bueno y ahorita dónde está?
—Anda viendo la arriada de trompos. Allí anda Rafael y Elio, que nunca lo dejan donde van. Cuando venga le vamos a decir lo de la escuela, aver que dice.
—No tiene que decir nada. Comues curioso talvez le gusta la escuela.

Una vez más, la tarde va perdiendo su juventud invernal; y lentamente va cubriendo con su madurez ancestral las humildes casas de Piedras Calientes. Las arriadas de trompo terminan con la caída de la noche y José regresa a la casa. Lleva sus manos sucias, sus pantalones enlodados hasta la rodilla, soguillas de tierra alrededor del cuello y los pies descalzos, también llenos de lodo. Su apariencia lo asemeja a un muñeco elaborado en Ilobasco. Su aspecto es desastroso y casi divertido. A Doña Gude no le asombra ver a su hijo con tal facha. Después de un regaño, al cual ni siquiera pone atención, el niño se deja quitar la ropa.

—La próxima vez te voy a dar duro, vasaver —le dice.
—Así le dice todas las veces y nunca liahace nada—interviene Nora, la hermana menor, quien con cierta envidia descubre las ventajas de ser varón.
—A vos ya te dije que te vayas a comer —reprende— Ya voy a llegar a la cocina, solo voy a cambiar al niño.

En la mesa está Don Beto con las otras dos cipotas. Al llegar Doña Gude con José, comienzan a comer. Después de vaciar su pocillo de café de maíz con canela y dulce de panela, Don Beto mira fijamente a José, y con una sonrisa retante le pregunta:

—¿José, querés ir a la escuela estieaño? Sorprendido y aún pensando en los trompos que aún no puede hacer bailar, contesta rápidamente:
—Sí, ¿cuándo es que voyir?
—Todavilla no sé. Don Jesús nos va venir avisar y diuna vez te va matricular.

Días de emociones interminables, días de envidia diaria de los que ya podían bailar los trompos y jugar arriadas.
Días en que la emoción y el suspenso se sentía a lo largo de los tres caminos de acceso a Piedras Calientes.

—Tillo, ya tengo visto el palo de guayabo de donde quiero que miaga el trompo.
—¿Dónde está, Güito?
—Venga, le voy a decir.
Pone su boca cerca del oído del tío Rafael y le dice:
—Me lo voy a robar del guatal de la ñora Genara.
—No se vaya a machetiar por andar cortando palos en lo ajeno. Mejor yo voy a conseguir el palo y se lo voy hacer.
—¿Pero cuándo tillo?
—Mañana voy a conseguir el palo cuando venga de la milpa y el domingo en la mañanita se lo voyacer.
—Tíllo, ¿y no puede comenzar antes? ¡Sii tillo!, no sea malo, si no le cuesta mucho hacerlo tillo. Fíjese que yo ya quiero tener el trompo. ¡No mira que hasta Manuel ya tiene, y yo todavilla no! Véngase mañana temprano de la milpa y me luace. Síi tillo, yo ya tengo el clavo cortado, mire pues, está bien recto. Le vuir a decir a papita Pedro que lo deje venir temprano de la milpa; él va decir que sí, vaver.

José corre apresuradamente hacia donde Don Pedro,
quien se está meciendo en la hamaca que cuelga de un extremo de la viga del corredor y de la rama más gruesa del palo de jocotes veraneros.

—Papita, ¿puede dejar venir a tillo Rafel mañana temprano de la milpa? Es que yo quiero que miaga un trompo. Fíjese que todos los otros vichos ya tienen, solo yo no tengo trompo, por eso solo me toca andar de mirón porque nadie me lo presta. Tillo Rafel dice que me luace antes del domingo pero siuste lo deja que no vaya a trabajar un rato. Dígale que me lo haga mañana Papita.
—Dígale a ver si quiere hacércelo pues.
—él ya dijo que me luace siuste le da permiso.
—Vaya pues, ay lo voy a dejar que se venga temprano del guatal mañana.

José corrió de regreso a darle la noticia a su tío.
—Tillo, tilloo, Papita dijo que sí miaga el trompo. Dijo que no vaya a trabajar para que me luaga mañana temprano.
—Usté siempre se sale con las suyas monito.
—Tillo, como ustés rápido talvez miaace dos, no vaya ser que le salga teterete.
—A mi niun trompo me sale teterete.
—Tillo acuerdese que una vez le salió uno teterete. ¿No siacuerda diaquel grandote quizo de palo de guayabo que relinchaba como garañon?
—No friegue Güito, usté siempre de vivo. Solo uno le vuacer.

Las arriadas de trompos eran uno de nuestros pasatiempos favoritos en Piedras Calientes. Después de cierta edad todos en el caserío debíamos saber como bailar el trompo, tanto en el piso como en el aire. No saber bailar trompo durante la temporada significaba no participar en las arriadas y por tanto, pasar aburrido todos los días en la tarde.

...Oh días de invierno en Piedras Calientes,
aún mantengo en mis recuerdos
invernales las lluvias viniendo detrás del Cerro
de la Pitajaya. Aún recuerdo las fuertes gotas
saliendo del manto mojado de las nubes grises
que como fantasmas nos
perseguían cada tarde. Aún recuerdo las piedras
que presenciaban nuestras grandes batallas trompales,
las derrotas sufridas
y las revanchas prometidas para
salvar nuestra reputación herida.

Veintitrés casas de adobe de diferente tamaño, ubicadas sin ningún orden estético ni premeditado, estaban cuidando los tres caminos de acceso a pie y a caballo a Piedras Calientes. Al anochecer, los candiles de gas, ubicados estratégicamente en la parte más alta de la casa iluminaban el mito nocturno antes de dormir. Las camas de madera, pitas y petates eran el regalo favorito para los cuerpos cansados y asoleados en las lomas y laderas desnudas de los alrededores.

—Apagá el candil —le dice Doña Gude a Chepe,
quien trata afanosamente de aprender a enrollar el trompo—,
sino no nos vajustar el gas para la semana, y vamos a tener que acostarnos en lo oscuro.
—Ya lo vua pagar mamá —replica el niño, como corriendo contra el tiempo para aprender a bailar el trompo y participar en las arriadas que están en su apogeo—, sies temprano, todavía están Pancho y Enríque hablando allí en la pila.

El invierno va envejeciendo paulatinamente y las tareas agrícolas van cambiando de condición.

Agosto, mes que compenza el esfuerzo de nuestras vidas.
Mes que compenza nuestras batallas en mayo por la vida.
Mes en que las milpas comienzan a parir sus primeros hijos verdes
para saciar el hambre que a los pobres nunca discrimina.
Mes de los que con ilusiones desconocidas llegaron
a la tierra que hoy los cobija y los cuida.
Mes de los Alas, los Guardado, los Recinos, los Henríquez, los Menjivar y los Urbina.
Mes de Piedras Calientes.

—Ayer pasé por la milpa de Pedro Marimba —decía Catamán—, ya están buenos los elotes, yo destusé uno, y ya estaba durito. Vamos mañana a robarnos unos varios y los vamos asar debajo del almendro de la quebradita, para que nadie nos halle.
—Pero ese viejo es bravo, si nos agarra nos va a dar una verguiada.
—Vamos hombre, yo me quedo vigiando para ver si viene, y usté corta los elotes.—Vamos pues, de todos modos nos calle mal ese viejo bravo. Hay que robarle varios para que se encachimbe de verda..

Después de pocos días, comer elotes asados o sancochados no sería algo especial. En un par de semanas todas las milpas habrían sasonado sus hijos verdes. Un mínimo porcentaje de la cosecha sería sacrificada en atol de elote, riguas y tamales, y el resto se guardaría para el consumo del año venidero.

En esos días mi papá compró su segundo caballo. El contaba que el primer caballo que compró se llamaba Manito. Según él me contaba, Manito era un buen caballo. Siempre relataba con tristeza, como un día que lo traía cargado con leña a la par de un gran barranco, serca de la Poza del Guacal, se deslizó y salió rondando hasta parar en el fondo del rocoso precipicio. El pobre animal quedó todo resquebrajado y él con gran dolor tuvo que matarlo de un balazo para que no sufriera. Cada vez que pasábamos por el lugar donde murió Manito, se acordaba de él. Mi papá decía que era un caballo muy noble y obediente, admirado y respetado por todos en Piedras Calientes. El segundo caballo que compró lo nombró Lucero, en honor a un pequeño punto blanco en forma de estrella que tenía en la frente. El resto de su cuerpo era de color café oscuro. Lucero también tenía muchas y muy buenas cualidades.

—Chepe, este caballo vaser tuyo —me dijo—, vos lo vas a cuidar dioy en adelante.

El caballo era pequeño y tenía como doce años de vida, según decían los que entendían de caballos, cuando le miraban los dientes. Lucero tenía una fuerza y una resistencia muy grande. Era el animal más manso que yo conocía. Yo me metía en medio de sus patas y solo las movía, como aceptando mi presencia. Cuando andaba suelto y me miraba, salía corriendo hacia mí, rugiendo y moviendo su cabeza coquetamente, como saludándome y exigiendo atención. El caballo recibía muchas atenciones de mi parte. Yo lo bañaba frecuentemente, muchas veces más de las que yo me bañaba. Cuando mi papá hacía la carga para ponerle, yo siempre intercedía para que no se la pusiera muy pesada.

En Piedras Calientes solo habían dos caballos; el mío y el de Chemo, quien casi no lo alquilaba porque se pelaba de la espalda y no aguantaba trabajar un día entero. Además, el caballo era tan viejo que ya no tenía fuerzas. El caballo de Chemo era tan lento y débil que todos le decíamos “relámpago”, burlescamente. En contraste, Lucero era muy conocido en el caserío por ser fuerte y manso. Todos en Piedras Calientes habían tenido necesidad de él en más de una ocasión. El era un símbolo de respeto y de servicio en el caserío.

—Don Beto, dice mi papá que si lialquila Lucero parir a trer una carga de dulce a Las Flores.
—Humberto, dice mi mamá si le alquila el caballo parir a dejar una carga de
maicillo a la Peñita —llegaba la gente diciéndole en las tardes, especialmente los fines de semana.

Generalmente la carga para un caballo normal era de unas doscientas libras, dependiendo la distancia y el terreno. Algunos abusaban y le ponían más. Yo odiaba que mi papá alquilara a Lucero. No me gustaba la idea de que otros lo utilizaran porque no sabía si le daban agua y comida, o si le ponían mucha carga, y si le pegaban para que caminara rápido. Muchas veces que lo alquilábamos, el animal venía hambriento y sediento, además de cansado, porque lo apuraban para hacer el mayor número de viajes posible en el día.

En la época de corta de café, Lucero disfrutaba de libertad y descanso. Pasaba varias semanas sin trabajar, y se quedaba solamente comiendo zacate verde en los potreros de Bonerge, o en el guatal del abuelo Pedro después de la corta del maisillo. Cuando regresábamos de las cortas, el caballo estaba bien gordo y algunas veces arisco, por tener mucho tiempo sin trabajar y estar en contacto con nosotros..

Lucero se había convertido en una parte importante de mi niñez; él ocupaba parte de mi tiempo libre y compartía mis aventuras en los alrededores de Piedras Calientes.

Lucero vos sos mi amigo ¿verdá? Vos sos mi amigo porque siempre me has querido. Yo lo sé porque cuando me meto enmedio de tus patas no te enojás. Yo lo sé porque siempre me saludás cuando me ves. ¿Verdá que sí sos mi amigo Lucero? Porque si no fueras mi amigo no me dejaras que me subiera en vos sin que te force. Vos sos mi amigo porque te sentís libre en mi presencia. Vos sos mi amigo porque me llevás donde yo quiero, y sin que yo te lo exija. Lucero, papá me ha dicho que dos amigos se respetan; vos y yo nos respetamos. Yo te alimento y te cuido; vos me transportás, me cuidás, me escuchás y ponés atención cuando yo te hablo. Lucero, es bonito ser tu amigo. Yo me enojo cuando papá tialquila, porque yo sé que nadie te cuida como yo, papá y los tíos. Pero...pero discúlpanos, es que los otros también necesitan de tu ayuda, y aunque no te traten muy bien, no es que sean malos, ellos simplemente no te entienden. Lucerito, ya me voy, échese y duerma bien.

Mi apego al caballo era muy grande, y la relación de amistad que había establecido con el animal era muy importante para mi tierna personalidad.

La vida en Piedras Calientes continuaba con la rutina de finales del invierno.

—Mañana vuir a doblar en pedazo de la milpa que ya está seca porque los chejes y los pericos se están hartando varias mazorcas —comentaba Chemo.
—Yo también voya comenzar el lunes porque vuir a darme una vuelta a Tierra Virgen. Quiero ver si ya comienzan a floriar los cafetales y a saludar a Don Vicente, que siempre nos da chance cuando llegamos —dice papá—. Así cuando regrese solo vengo a tapizcar bien rápido y nos vamos pa las cortas.
—Humberto, entonces porque no mialquilás el caballo para jalar el mais,
y hay le pago a Chepito lo del alquiler.
—Va pues, le voy a decir al cipote que lo vaya agarrar mañana, porque ya tiene como
una semana de no trabajar y está bien gordo y arisco, asien el fin de semana se le
pasa un poco la malicia.
—Mañana me vuir para Tierra Virgen —me dijo papá—. El domingo te vas a traer el
caballo para alquilárselo dos dillas a Chemo. Te acordás de ir a traerle zacate jaraguá
o de llevarlo un rato a la mesita para que coma; le das una buena bañada y lo metés en
la galerita para que duerma.
—Ajá, pero ay siacuerda de traerme un pito de barro y dulces de Chalate.
—Vaya pues, ay te los vua trer.

Como acordado fui a buscar a Lucero.

—Luceróó, Luceróó, ¿dónde estás? —le gritaba—. Voy a ir a buscarlo a la otra sabaneta, talvez allí está. —Me decía yo mismo.

Después de más de una hora de buscarlo por todo el terreno baldío de Pedro Marimba, al fin como por arte de magia apareció detrás de una parra de cusuco. Tan pronto me miró se acercó coquetamente, contento de reconocerme.

—Ji...Jii.. Jiii —se acerca Lucero—. Lo tomo de la crin, y él, como un esclavo manso obedece mis instrucciones. Ya bajo mi control, lo acerco al murito de la ruina del obraje que estaba cerca, me subo sobre su ancha espalda y lo llevo a la casa; no sin antes sacarle una carrera en El Plancito, enfrente de mi casa.

Después de dos días regresó Don Beto.

—Va estar buena Tierra Virgen estieaño. Ya se ven los grandes plantillales bien cargados de flores, y algunos ya tienen hasta grandes gajos —les dice papá a mis tíos—. Don Vicente me dijo que a comienzos de noviembre ya nos podemos ir, para que le ayudemos aporriar el frijol y diuna vez quedamos en la primera cuadrilla, junto con sus familiares. No hagamos la regasón, solo nos vamos a llevar a Perucho, Bonerge, Hernán, Pancho y... a ver quien más.

Las cortas de café cambiaban la dinámica de comunicación entre todos en Piedras Calientes.
—Ayer te vi cuando venillas por la cuesta del Amatillo al mediodilla —dice Chemo a Don Beto—. Yo traiba la última carga de mais de la arada.
—¿Cuántas cargas te salieron? _pregunta papá.
_Apenas me salieron treinta carguitas y una matatada.
_Estaba buena la arada entonces, ¿verdá?
—Estaba regularsita.
—¿Cómo estaba Tierra Virgen? —Apenas comienzan a echar flores las plantillas, Don Vicente dice que talvez no esté tan bueno estiaño.
—¿Y ustedes cuando vanir a Santa Teresa?
—No sé, la Chela dice que va ir como en un mes, como ella las puede con Don Lito siempre nos dan trabajo. Solo que nos han dicho que no llevemos más gente, que solo llevemos la misma del año pasado.
—Achís, si yo no te estoy diciendo que me lleven.

Para esos días Piedras Calientes se convertía en un lugar de conspiración. El caserío se dividía en tres o cuatro bloques de gente, generalmente familiares y amigos (todos éramos amigos en Piedras Calientes) más cercanos. Cada grupo tenía su finca favorita, donde tenían algún amigo que era colono, caporal o mandador, quien siempre garantizaba el apunte. Información sobre las condiciones de la cosecha de café no se daba a todo mundo. Sólo se difundía entre el grupo que estaba supuesto a ir a esa finca, para que nadie más quisiera ir allí.

Noviembre se acerca rápidamente.
—Vamos a darle una mano a Beto, porque sino no va a salir a tiempo —decían mis tíos.
Ellos generalmente terminaban de tapiscar y jalar el maíz más temprano que papá y yo. Todos nos ayudábamos, especialmente le ayudaban a mi papá, porque él trabajaba prácticamente sólo, pues yo estaba muy chiquito todavía. Mi papá era quien las podía con Don Chente en Tierra Virgen. Por él era que siempre le daban trabajo a todo el grupo en la finca.
—Yo creo que Manuel ángel se va ir mañana para las cortas —dijo mi mamá.
—¿Porqué decís?
—Es que la Lola hoy estaba lavando un gran montón de mais, y yo vi quiayer también estaban cociendo un gran montón de frijoles.
—Ahh, por eso es que estaban jalando el mais hasta en la noche —reafirmó mi papá.
—A ver como les va. Ellos son ambiciosos, siempre se van primero que todos y se quedan aunque seya pepenando hasta el último grano.
—Nosotros también ya nos vamosir, y ya vamos seguros. Primero vamos ir aporriarle los frijoles a Don Chente y después vamos a comenzar a pepitiar.
—Dicen que en Santa Teresa van a comenzar la otra semana —decía mi mamá—. La Chela me dijo que ellos se van a ir el viernes y que se van a llevar a todos los de Chemo, Tomás y otros del Palo Verde. Solo nosotros nos vamos quedando ya.
—También nosotros nos vamos la otra semana, después que ellos se vayan —replica mi papá—. Y nosotros nos vamos a estar más de un mes y medio, porque no van a poner muchas cuadrillas, según me dijo Don Chente.

Por primera vez experimenté el olor a granos de café maduro. En Tierra Virgen, además de cosechar café también cosechaban caña de azúcar en los terrenos próximos al casco. Allí vi por primera vez, con admiración; cuando las tenazas de un tractor mordían la tierra, como fiera salvaje devorando a su presa inmóvil. Mientras miraba la máquina extraña, me preguntaba como era que tenía tanta fuerza y como se sentiría tener una en Piedras Calientes,
para hacer una buena calle hasta Las Flores y otra hasta la parada de buses de la Peñita.

—Chepito, ya es hora de comer —gritaba mamá—. Véngase, ¿que no se aburre destar viendo ese animal? Ay se va quedar sordo vaver.
—Mamá, cuando esté grande ay le dice a papá que me compre un traitor como ese. Así podemos hacer unos buenos caminos y una calle para que pasen carros cerca de la casa, igual que en Las Limas y La Lagunita. Fíjese que en un ratito hizo una callesita desde el cerco hasta la orilla de la bodega.
—Ay le dice usté a su tata, que ya va venir,solo fue a comprar unas baterillas a la tiendita.
—Mejor dígale usté mamá, es quiami no me vaser caso.
La noche envejeció una vez más. Como de costumbre cenamos colectivamente y luego cada uno se fue para su champa. El día siguiente seguimos nuestra misma rutina.
—Esos de la cuadrilla número uno, vénganse por aquieste lado —gritaba el caporal, quien era uno de los más amables, porque en esa cuadrilla estaban los familiares y amigos de Don Chente.
Cada día en la mañana, todas las personas apuntadas pasaban a la bodega a recoger uno o dos sacos
de yute, dependiendo cuanto café creían que cortarían durante el día.
Como ejércitos de hormigas guerreras comandadas por su capitán,
todas las cuadrillas tomaban diferente rumbo hasta desaparecer en la densa
vegetación cafetalera.
—ése número uno véngase para este surco —gritaba el caporal—. El número dos al siguiente. El número tres al que sigue... ése número treinta, aquí a la orilla del barranco.

Todos se acomodaron sus canastos al frente, debajo de su vientre, y se prepararon para cortar los rojos granos.

—¿Beto, trajiste otra cincha? Es que la milla se me olvidó, —gritaba el tío Rafael, quien estaba en el surco número diez.
—Sí, yo siempre traigo más diuna, por si las dihule. Veniatrerla. —Ay voy horita.

Tío Rafael llegó a traer la cincha.

—Ey Güito, véngase a mi surco —me dijo al llegar—,
en el millo hay unas plantillas bien bajitas y cargadas, pero no vaya a hacer la gran regasón, porque mucho cuesta pepenar. El ambiente de trabajo era hasta cierto punto agradable. Cortar café era una tarea suave, en comparación con las tareas agrícolas de Piedras Calientes. La abundante vegetación nos protegía del sol, lo cual hacía la tarea menos difícil. A la hora del almuerzo, el repartidor de comida sonaba un caracol para anunciar su presencia. Mis tripas habían estado chillando de hambre hacía dos horas atrás, pero no me atrevía a decir nada, para que me siguieran llevando a cortar y no me dejaran en el casco de la finca, donde la pasaba muy aburrido. Aunque tuviera hambre nunca me atreví a chupar granos de café para amortiguarla porque me podía dar curso. Cuando finalmente la carreta almuercera pasaba cerca de nuestro tablón yo salía a traer la ración rápidamente. —Chepe, andá a traer las chengas. Las fichas están en la cebadera; ay le pedís bastantes frijoles y sal al carretero.

Yo salía disparado como un cohete para la orilla de la calle a pedir el almuerzo. El carretero ya me conocía y siempre me daba una tortilla más de la ración reglamentaria. También me llenaba el cumbo de frijoles negros, que debido al hambre siempre los sentíamos buenos, aunque por su apariencia no parecían haber sido limpiados antes de cocer. Algunas veces la carreta pasaba lejos del surco donde estábamos. En algunas ocasiones, yo solo llegaba con las tortillas empolvadas, pues los frijoles se me habían caído en el camino, porque el terreno estaba muy feo o por ir a la carrera. El hambre era como una fiera devoradora de caminos y agilizadora de piernas infantiles. Cuando se me caían los frijoles, mi papá me regañaba, y teníamos que comernos las tortillas solo con queso duro, el cual nunca nos faltaba para complementar el almuerzo.
—Traete la cantimplora y la cebadera, quiallí tengo un pedazo de queso.
Ay le llevás un pedacito a tus tillos, y diuna vez les
preguntás si les sobró alguna chenga. —Está bien papá, horita voy.

El día comenzó a envejecer una vez más. A las cuatro de la tarde el caporal anunciaba sus primeras instrucciones para preparar la salida del cafetal.

—Todos a pepenar, que ya voy a pasar revisando el surco —gritaba—. Pepenen bien diuna sola vez para no perder el tiempo.

Pocos minutos después pasaba revisando cada uno de los surcos.
—Aquí están unos granos, allá están otros —decía a mi papá, buscando hasta el último grano escondido en las ramas más altas—. Ustes bien fino para trabajar, casi no deja niun grano, si así como ustes para trabajar fueran todos los demás ya hubiéramos terminado el tablón.

El sol se iba despidiendo, inconforme por la presencia de su oscuro adversario. Los tenues rayos que emitía su redonda figura parecían agarrarse de la cima de los cerros, intentando disminuir la velocidad de su retirada. El amigo que nos calentaba todo los días en las frescas mañanas de Tierra Virgen huía paulatinamente sobre el occidente. El Cerro Verde era testigo de su infeliz retirada. En la tarde, los primeros hombres y mujeres comenzaban a acarrear el producto del trabajo del día. Todos llegaban de diferentes rumbos hacia el mismo destino. Una por una, todas las cuadrillas se distribuían en el recibidero para limpiar el café colectado. Todas las entradas de las calles que se unían en el recibidero estaban adornadas con los pequeños volcanes de granos rojos que parecían una fresa gigante. Nunca faltaban temas para discutir a la hora de escoger el café.

—Hernán —gritaba Pancho.
—Sí, ¿qué pasa?
—¿Ya viste la mamasita de vestido rojo que está escogiendo
en el otro lado de la calle?
—Sí, ya la habilla visto. Está bien bonita, es de Las Vueltas, y parece que no tiene novio ni marido, un chero me dijo que anda sola con sus familiares.
—¿Dónde se están quedando?, yo nunca la habilla visto antes.
—Según mi chero se están quedando a dormir en la galera questá a la par del tanque. —Vaver que ir a darse una vueltesita por allí —decía Pancho maliciosamente—. A esa mamasita soy capaz de ir todos los días a sacarle el café del barranco más empinado.
El grupo de Piedras Calientes siempre hacíamos unas champas en
un costado del casco de la hacienda. No nos gustaba quedarnos en las galeras porque habían muchas pulgas y olía muy mal. Las champitas las construíamoscon plásticos, madera de pepeto y hojas de palma. Después de varios años de ir a las fincas, habíamos adquirido experiencia en hacerlas rápidamente. Mi papá, mi mamá y yo nos quedábamos en una champa, los tíos se quedaban en otra y Hernán, Pancho y otros amigos se quedaban en la más grande. Era toda una fortaleza construida por amistad y compañerismo. Entre las champas hacíamos una fogata común en la cual cocinábamos todos. Generalmente la hacíamos en forma colectiva. Todos aportábamos algo para hacer sopa, freír frijoles, hacer café, ir a traer agua al tanque y lavar los tarantines. Hacíamos un círculo alrededor de la fogata mientras cocinábamos. Todos comíamos con los platos en las manos y al mismo tiempo hablábamos de cualquier tema; especialmente los adultos, quienes contaban las historias y experiencias que cada uno había tenido. Los más viejos comenzaban a contar pasadas de sustos y de andanzas de enamorados, lo cual hacía más amena la cena.

—Ayer me estaba contando Don Erminio quiallí en el tanque asustan cuando ya se han ido todos los cortadores —decía Don Hilario, un colono que siempre llegaba a cenar con nosotros por las noches—. Dice que casi todas las noches ven a un baboso que llega a tomar agua a la pila. Después de tomar agua se baña chulón en la pila y cada vez que se echa agua le sale humo de todo el cuerpo. Cuando termina de bañarse se va para la banca debajo del amate, allí se convierte en un chucho blanco peludo y se va caminando para el lado del cañal, hasta que desaparece.
—Que no vaya ver yo ese hijueputa fantasma porque lo voy a plomasiar —dijo mi papá, acariciándose la treinta y ocho empavonada de calibre largo, que siempre cargaba envainada debajo de la camisa.
—A media noche también pasa una mujer con un niño gordito y sombrerudo en el recibidero de las Tres Marías —continuaba Don Hilario—. Polo y Rufino los han seguido varias veces y no los han podido alcanzar. Cuando llegan a la bajadita del amate, la mujer se convierte en una yegua blanca, el niño se sube en ella y desaparecen corriendo en el cafetal. Una vez que llegaron bien cerca de ellos, le vieron los ojos a la yegua, y dicen que eran bien rojos, como brasas. Los babosos vinieron que no podían ni hablar, y desde entonces ya no volvieron a seguirlos, nia pasar noche por el recibidero. Esa vez, yo tuve que pasarles una crucita bendita enfrente de la cara, rezar unas Aves Marías y encender incienso para que se les fuera el espanto que traían.

El círculo alrededor de la fogata se iba reduciendo más. Las pasadas nos erizaban los pelos y nos causaban miedo. Todos queríamos estar más cerca los unos de los otros. Yo me iba arrimando lentamente a mi papá, como buscando protección. En esa ocasión, mientras Don Hilario contaba las pasadas, tío Pedrito había ido a orinar a la orilla del cerco, y cuando regresó pegó un aullido, tratando de asustarnos. Debido a la tensión que nos causaban las pasadas, todos brincamos y le echamos una putiada por la bayuncada.
—Se asustó, vaá Güito —me dijo el tío—. Así se vir siendo hombresito, para que cuando tenga unos quince años y vaya a ver la cipota no tenga miedo, sino vadecir que es marica y no le va ser caso. —Pedrito, deje de molestar el niño —reprendió mi mamá—, por eso cuando son grandes son pícaros y trasnochadores.
Cuando la noche comenzaba a envejecer, todos buscábamos nuestras champas para dormir.
—Papá, hoy me voya quedar a dormir con los tillos, porque allí hay más hombres para que me cuiden.
—Ellos son más, pero no tienen pistola —me recordó mi mamá.
—Está bien, quedate con ellos pues —dijo mi papá con cierta alegría—. Llevate la cobija gruesa para que no te de frío.
—Dígale a su tío Elio o a su tío Carlos que lo tapen bien, porque ustes muy loco para dormir y se destapa a cada rato. No les vaya miar las costillas, porque sino ya no lo vua dejar ir a dormir con ellos —me recomendó mi mamá.
—No, yo ya no me meyo.
—Güito, véngase para acá enmedio, para que no le de frillo —me dijo tío Pedrito—. No se vaya a miar. Si le dan ganas miavisa parir con usté afuera.
—Ajá, está bien tillo, hoy no me vua miar, vaver.

Las noches tenían algo especial. Los frijoles comenzaban a producir sus efectos químicos nocturnos. En todas las champas se oían tronidos de diferente intensidad. Parecían la celebración de alguna fiesta con juegos pirotécnicos de baja intensidad.

—Púchica tillo, usté se está cagando.
—Cállese, tápese la cara y duérmase, acuerdese quel surco para mañana está bien bueno. Tiene que cortarse unas tres arrobas, para que le compren una buena mudada y un buen par de chinelas para questrene en las fiestas de marzo.
—A la púchica, pero me voyhogar con tanto tufo a pedo.
—No es para tanto Güito, no seya tan escandaloso.
—Es quiustes muy pedorro tillo.
—Duérmase, deje de estar hablando.

El domingo no trabajábamos y lo ocupábamos para bañarnos, lavar la ropa e ir a comprar algunas cosas que necesitaríamos para los días venideros.

—¿Quiénes quieren ir conmigo el domingo a Ciudad Arce? —preguntó el tío Carlos—. Vamosir a comprar unos canastos y otra jarrilla, porque ya se arruinó la agarradera de la que tenemos, sino no vamos a tomar café la otra quincena.

Temprano, varios del grupo hicimos el viaje hacia Ciudad Arce. Nuestra presencia en las calles de la pequeña ciudad era evidente. La mayoría éramos éramos cheles, algunos hasta con ojos de colores. Cuando pasábmos por las calles, algunas veces oíamos a la gente decir: “Ve, ay va otro grupo de chalatecos cortadores de café a comprar al mercado.” Todos nos emocionábamos mirando en las tiendas las herramientas y otros artículos que eran importantes para nosotros.

—¡Mirá ese colín, que vergón está, brilla de empavonado, y es bien largo; solo le hacés una buena punta con la lima y ya está listo!
—Sí, está cachimbón, pero vamos a ver si hay buenos zapatos y ropa en aquellotra tiendita de la esquina. Allí también vi una vaina de cuero bonita para mi pistola.
— Pancho, esas chinelas se ven bien chivas, y son de puro cuero. Con esas chinelas, un < buen pantalón de poliester y una camisa de dacrón, todas las vichas del Palo Verde y Las Limas lo van a seguir —insinuábamos los del grupo, como empujándolo a comprarlas.
—Están pijudas, pero vi unas que me gustaron más en la tienda de los Saca en Chalate, mejor las voy a comprar allá cuando vayamos de regreso.
—Yo ya tengo hambre —decía mi papá—. Vamos a echarnos una sopita de pollo al mercado antes dirnos.

Para ir a Ciudad Arce necesitábamos caminar dos horas a través de potreros y cañales. El sol inclemente del mediodía no detenía al grupo de Chalatecos acostumbrados a caminar desde niños y a las tareas duras de todo tipo. Las caminatas ya estaban contempladas dentro del ritmo de vida de las cortas en el occidente del país y del estilo de vida de Piedras Calientes, en el norte de Chalate.

...Mares verdes que navego sin cayuco,
¿cómo es posible que no pueda pescar en ustedes un
pequeño chimbolito para saciar mi hambre ancestral?
Mis manos han surcado tus olas salvajes,
mis pies descalzos han gastado su juventud
en tus hierbas y zarzas, y vos seguís inerte ante
la miseria que me mantiene agonizante.
¿Acaso no te basta con negar mi identidad, mi
origen y mi destino?, ¿acaso mi sudor no ha
irrigado tus surcos interminables y fecundado
tus plantas desgranables. ¿Porqué ahora que
pregunto por un pedazo de vida, te escondes,
y cuando te sigo me regañas y me humillas,
negando mi cuota de esfuerzo para construir
tu lujosa guarida...?
Tu vida y la mía son diferentes;
si, son diferentes
porque la mía ayuda a construir la tuya
y la mía queda herida, cansada y destruida
para que la tuya florezca con orgullo;
gobierne sobre mi y robe mi paz, mi energía y mi libertad.
Vos entendés de que te estoy hablando ¿verdad?
Si, vos entendés y ves mis cicatrices,
pero no podés sentir mis dolores,
porque mientras vos acariciás las rosas,
yo corto las espinas
y mientras leo letra por letra la palabra “pescado,”
vos te comés la carne y yo me quedo
lamiendo las espinas.

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